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Plan Grande empieza a revelar su encanto
Vestigios de una civilización pasada son objeto de estudio en Portovelo
No es fácil imaginar de qué se trata en realidad. ¿Son ruinas de habitantes primitivos de la Época de Piedra? ¿Una ciudad preincaica abandonada por sus propios habitantes como sucedía con aquellos milenarios pueblos Mayas de Centro América? O ¿simplemente una ciudad o centro ceremonial Inca que murió con la llegada de los europeos? Solo los estudios arqueológicos especializados darán una respuesta concreta.
Por ahora, lo cierto es que las historias y leyendas sobre una 'Ciudad Encantada', que los más viejos en Salatí aún cuentan, empiezan a volverse realidad luego de que semanas atrás algunos habitantes del sector, acompañados por autoridades del cantón Portovelo y por representantes del Instituto de Patrimonio Cultural, decidieran enfrentar el miedo al encanto y llegaran a un lugar donde encontraron una inmensa estructura de piedra de más de 2 kilómetros de longitud.
Es obvio que la maleza y la misma tierra esconden más que aquellos muros de piedra que se aprecian a simple vista. Escarbando manualmente entre la espesura de la maleza los visitantes de la ciudad perdida de Plan Grande, como la llaman los nativos, encontraron restos de vasijas de barro que se llevaron como recuerdo del forzado viaje de tres horas a pie desde la población de Salatí. Dicen que estudiaran esos restos arqueológicos. Todos en el sector esperan los resultados de esos estudios porque les gustaría saber quienes fueron los que construyeron esas fortalezas.
"El hallazgo constituye uno de los hechos más importantes reportados en el país", comenta David Calvache, técnico del Instituto de Patrimonio Cultural quien visitó el lugar y estuvo en Portovelo ayudando a las autoridades locales a hacer el inventario de los bienes patrimoniales del cantón.
"Aun falta mucho por descubrirse", resalta sin embargo don Luis Valarezo, nativo de Salatí, quien afirma que para saber todo lo que el sector esconde las expediciones deben llegar a la misma cima de la montaña. "La cima es un plan perfecto como que le hubieran dado un machetazo a la montaña y ahí dicen que hay columnas como estas (señalando las columnas de su casa) pero de piedra", resalta don Valarezo, quien aclara que nunca ha subido la montaña por temor a que las historias que sus padres y abuelos contaban sean verdad: 'Que aquel que subía nunca mas bajaba y si bajaba era para morir sin tiempo siquiera para contar lo que vio'.
Los ancianos en Salatí cuentan que en Plan Grande existe una cueva y que en la entrada de ella se aparece un Pavo Real -con su cola multicolor- cuando tratan de cogerlo se refunde en el túnel llevándose consigo al intruso que trata de agarrarlo. Leyendas como esta hay muchas en Salatí y en los pueblos aledaños, pero por lo pronto los vestigios de Plan Grande son muros de piedras talladas, círculos construidos con el mismo tipo de rocas e inmensas terrazas en las laderas que probablemente se construyeron para cultivar la inmensa e inclemente pendiente.
Plan Grande se encuentra a 17 kilómetros de la cabecera cantonal, Portovelo, y a una altura de 2,060 metros sobre el nivel del mar. Escalar la montana desde Salatí (parroquia rural de Portovelo), hasta donde se llega en cualquier vehículo motorizado, toma al menos tres horas por un rústico camino que, en la mayoría de ocasiones solo las mulas tienen el aliento para soportarlo.
En medio de la ciudadela, recientemente descubierta, se encuentra un gran pozo que pudo ser un reservorio de agua o simplemente el lugar de donde se sacaba la materia prima para la elaboración de vasijas, que aun se encuentran en sus alrededores. Además, existen inmensas rocas, algunas talladas y otras simplemente en bruto, como una de las más llamativas de 20 metros de diámetro y seis de alto.
El sitio es accesible únicamente en época de verano. En invierno la montaña ni siquiera es visible desde Salatí, pues todo el sector permanece cubierto por una espesa nubosidad.
El Municipio de Portovelo ha prohibido que los terrenos donde se encuentran estas fortalezas sean ocupados con fines agrícolas, aunque los propietarios de las tierras, la familia Jiménez, nativos de Salatí, jamás han tenido la intención de escalar la montaña y cultivarla. Por ahora, lo que más preocupa a los portovelenses es que los arqueólogos y estudiosos aficionados depreden el sitio como ya ha sucedido en otras ocasiones. Néstor Espinosa. Foto Boanerges Pineda
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'Río Amarillo', un ídolo que permanecerá en la memoria colectiva
Por Rodrigo Darquea
Hablar de 'Río Amarillo' es recordar una época de gloria en la provincia de El Oro y especialmente en Portovelo. Fue una institución deportiva formada por voluntad de algunos amantes del deporte y por el apoyo financiero de la Compañía Industrial Minera Asociada (CIMA) Su objetivo no fue el lucro, sino más bien hacer deporte y unir a un pueblo ávido de emociones.
Corría una época entre los años 1965 a 1975, tiempos de oro para el fútbol en Portovelo. Año tras año se cumplían competencias que congregaban a la afición de la provincia entera, hinchada que colmaba los alrededores del pequeño estadio portovelense.
Los equipos invitados para enfrentar a 'Río Amarillo' eran siempre clubes de alto nivel: el equipo militar del Grupo Bolívar, Liga Deportiva Universitaria de Loja, Cóndor de Arenillas, Carmen Mora de Encalada de Pasaje, El Nacional, Barcelona o el Everest de Guayaquil, que con el tanque Romero -en sus últimos años de ejercicio profesional- bailaron al ritmo que imponía Vicente Jara, el popular "Chuchuca".
"Chuchuca", en el centro del campo de juego, era el eje y motor por el que circulaba el juego del equipo portovelense, desde el arquero "Magereger" Siguenza (fallecido) hasta Ruperto "Peto" Muñoz en la punta derecha.
Durante estos años dorados pasaron por las filas de 'Río Amarillo' jugadores como César el "Ronco" Ramírez, un arquero de muchas condiciones, valentía y experiencia en el cuidado del pórtico amarillo; en corto tiempo sustituyó "Magereger" Siguenza, quien se constituyó en el titular indiscutible de casi todo el período de gloria del equipo; solo en ocasiones reemplazado por el "Loco" Novillo (fallecido) o Manuel Aguilar.
Por la banda derecha Muñoz casi siempre fue el titular, muy fuerte en la marca, un poco lento pero muy seguro, alternando con Aguilar "Cobeña" y Claudio Miller, quien en ocasiones hacía también de central. Al centro el indiscutible veterano de muchísimas contiendas Nery Siguenza, de gran talla y buena marca, haciendo la dupla con Guillermo "Grillo" Motoche, un zarumeño con mucho estilo y dominio del balón desde el fondo de la saga. En algún momento y por poco tiempo alternó el uruguayo Duré, alto moreno y de buenas condiciones en el juego aéreo.
Por la banda izquierda Jorge Alvarado cerraba el bloque defensivo. En la línea de volantes Vicente y "Posisa" Moreno formaban la dupla perfecta, tanto en la construcción como en la destrucción, un poco más adelante los acompañaba Ángel "Panela" Jara, quien con su gran dominio y desmarque ponía balones con mucha precisión en los pies de los delanteros; también alternó con ellos "Chicho" Mora, un volante muy rápido y de un driblen endiablado, difícil de marcar, puesto que se movía por todos los frentes de ataque. Igualmente Emilio Vallejo suplía su corta estatura con mucha garra y pundonor.
En la delantera y por la derecha "Peto" Muñoz era el típico puntero, corría pegado a la línea y centraba para el remate final; por esa banda estuvo también Luis "Camión" Ramírez (fallecido) y Patricio Gallardo, zarumeños que en algún momento vistieron la camiseta portovelense.
Al centro del ataque Marco el "Mocho" Moreno -quien en ocasiones jugaba por la derecha- era el encargado de poner en jaque a los defensas rivales, su habilidad para ingresar al área rival y su potente tiro de derecha, hacían que con frecuencia la bola acaricie redes. Al "Mocho" lo acompañaba el gran Luis "Champemo" González, quien con sus certeros cabezazos y su oportunismo para aprovechar las dubitaciones rivales llenaban de goles el arco contrario.
En esta área, alternaba también Celso López, quien aprovechaba muy bien su cabeza, su gran oportunismo y buena suerte dentro del campo resolvieron -en más de una ocasión- partidos muy difíciles. Por la izquierda, el peruano Segundo Ponce con su clásica jugada del un, dos y... su pique en diagonal era imposible para cualquier defensa detenerlo; por esa misma punta y en los últimos años Hermes el "Gato" Gálvez, poseedor de un potente disparo de izquierda, ponía a temblar a los arqueros rivales. Robert Mora, Franco Cueva y algunos otros cuyos nombres ahora escapan la memoria también fueron parte del primer equipo de 'Río Amarillo'.
De los técnicos también hay mucho de que hablar, pero por la fragilidad de la memoria solo mencionaremos a un par de ellos. César Ramírez y luego el uruguayo Julio César Berrueta, quien en algunos momentos también jugó en la delantera. Obviamente su edad no le permitía mostrarse como lo hacía en otros tiempos con equipos de la primera división como Deportivo Quito y Barcelona. Sin embargo, sus conocimientos de buen estratega permitieron llevar al equipo a sitiales muy importantes en la competencia de ascenso en la provincia.
Estas líneas han sido escritas en gratitud de todos aquellos personajes que un día hicieron vibrar de emoción a un pueblo que, desde siempre, ha sido cuna de grandes deportistas, quienes con su destreza y habilidad hacían fácil a un deporte difícil como es el fútbol. Disculpas a todos ellos por haber usado sus apodos, pero el cariño de la hinchada los recuerda de esa manera.
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El Guayabo está sobre restos arqueológicos
Un grupo de vecinos del barrio El Guayabo, en Portovelo se reúne alrededor de algo que se semeja a una vasija de barro. Este objeto, que puede ser una urna funeraria, se ha convertido en el centro de atención de los vecinos. La pieza cerámica está rota. La humedad del suelo y las raíces de los arbustos dejaron huellas en el recipiente. La manera antitécnica con la que fue desenterrada aumentó más su deterioro. El Guayabo no tiene más de 200 habitantes. Una docena de casas, una iglesia y una escuela se levantan casi en equilibrio sobre una pequeña colina. La vasija es uno de tantos objetos descubiertos en los alrededores del caserío. El hallazgo sucedió cuando se realizaban excavaciones para levantar una edificación y adecentar una cancha. No fue la única. Además se encontraron ollas de barro fragmentadas. Y en ocasiones pasadas fueron rescatadas argollas que los vecinos aseguran que parecían aretes de cobre, junto a antiguas osamentas. El poblado, al que se llega por un camino de tercer orden, a media hora de la cabecera cantonal Portovelo era un antiguo sitio de descanso de aquellos viajeros que, desde Santa Rosa, se dirigían a Loja con cargamentos de todo tipo. La gran cantidad de guayabos que crecían en la zona le dio su nombre. No tan lejos del centro del caserío, hacia el oeste, se aprecia una hilera de grandes piedras talladas -ahora recubiertas por tupidos pastizales- que pudieron ser parte de un asentamiento Palta. Aunque de momento, su procedencia es solo una conjetura. Roy Sigüenza, director del Departamento de Cultura del Municipio de Portovelo, sugiere que con los restos arqueológicos encontrados se abra un museo de sitio. Así se fomentará el turismo en esta zona agrícola y ganadera que busca convertirse en la cuarta parroquia portovelense. Pero, de momento, ningún especialista ha analizado las piezas encontradas. El Municipio local tomó sus precauciones y ha alentado a los comuneros a buscar más fragmentos cerámicos, aunque les sugirió no desenterrarlos, debido a su fragilidad. A César y Nery Tenesaca, familiares y dirigentes del barrio, la idea del Cabildo les parece "interesante". Mientras el proyecto de contar con un museo espera, los guayabeños se dedican intensamente a promocionarse como futura parroquia. Su iglesia, "la más alta de la zona", pronto estar´ terminada. Tomado de diario El Comercio
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La piña da vida a las lomas de Porotillo
Por Washington Paspuel Cientos de mariposas multicolores pintan de inimaginables tonalidades el ocre camino que conduce a Porotillo. Ni el cansancio del viajero puede con la sensualidad de los cerros, que atraen la mirada del extraño a su paso; tampoco el polvo que se levanta al pasar aparta la vista del serpenteante río Pindo, aquel afluente que separa las tierras orenses de las lojanas, por estos días ruidoso y amenazante. Al final del viaje, luego de treinta minutos que parecen cinco, el poblado se descubre plácido, en la cresta de una colina verde oliva. Más abajo y más arriba, hasta donde alcanza la mirada, el sustento del pueblo: los sembradíos de piña, como las motas marrones de una alfombra vieja. En el recorrido hacia el poblado es necesario detenerse un momento en el balneario El Trapiche, sitio de inigualable armonía donde confluyen dos cantones lojanos (Catamayo y Chaguarpamba) y uno orense (Portovelo), separados por el río Pindo. Allí ya es posible visualizar lo que le espera al espectador más adelante. Un arroz con gallina criolla o una olorosa carne asada y... a continuar con el destino previsto. Porotillo es un apacible caserío ubicado en la jurisdicción de Portovelo (a casi una hora de distancia) que no alcanza los 200 habitantes. Una decena de casitas de madera, tejas de barro o cemento las más "modernas", se agrupa en torno al orgullo de los porotillenses, su iglesia, una estructura de poca altura ahora sin uso, pues el poblado decidió reconstruirla a punta de mingas dominicales. La intención es que esté "listita" para las fiestas del pueblo, que se celebran en agosto. "En ese fecha los porotillenses llegan de todos lados. De veras, vienen de todas partes", dice Óscar Motoche, un porotillense cincuentón que, por las arrugas que atraviesan su rostro y la callosidad de sus manos, aparenta más. Don Óscar es el típico poblador del lugar. Primero porque es Motoche, apellido de la mayoría de los comuneros asentados allí, segundo, porque es "piñero". La piña dulce de castilla, esa que se vende a dólar y medio en los mercados de Loja, Portovelo, Zaruma o Piñas, es la vida de Porotillo. El caserío, cuentan sus pobladores, tiene 50 años de fundado, pero solo hace 35 descubrió los beneficios de cultivar la fruta, que con el tiempo cobró fama regional por su sabor y tamańo. Fue tanta su popularidad que compradores de toda la región del sur del país llegaban hasta el caserío dispuestos a comprar la generosa producción. Fueron los años de bonanza, recuerdan los viejos, aquellos que no han sucumbido ante las comodidades de la gran ciudad y menos pensaron en emigrar fuera del país. "Los jóvenes se casan y se van a la ciudad o los familiares que viven en España se los llevan apenas pueden", dice Don Óscar, con cierto tono conformista. Ahora esa fama piñera está en entredicho. La piña ya no crece grande y amarilla como antes, se queja Gerardo Díaz, que tiene un "terrenito" sembrado detrás de su casa, más abajo en el sector El Trapiche. Díaz que dice desde que apareció una plaga desconocida hace más de cinco años, la planta infectada da un fruto pequeño y con menor sabor. Lo mismo opina Victoriano Encalada, vecino de don Gerardo: "es una especie de gusano que parece que se come la raíz de la planta y no deja crecer a la fruta; no hay modo de curar los cultivos, porque no sabemos qué mismo es". Tanto ha afectado esta desconocida enfermedad en la fruta que Encalada, haciendo memoria, afirma que hace diez años en la zona se comercializaban 10 000 piñas en tiempo de cosecha. "Ahora no alcanzan ni las 1 500". Los porotillenses esperan que alguien escuche su preocupación y los asesore, aunque tienen miedo que el remedio sea peor que la enfermedad. "Esta piña es conocida por que no tiene químicos", afirma don Gerardo. Mientras tanto, siguen implorando a sus santos: "Ellos siempre escuchan". Tomado de diario El Comercio
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Qué fiestas aquellas!
Pasajes inolvidables de la vida del entonces campamento minero llamado Portovelo. Se vivían por esa época días muy felices, cuando Portovelo solamente era un pequeño campamento minero. La Compañía Industrial Minera Asociada (CIMA), que en ese entonces mantenía la explotación de minerales en la Zona, daba trabajo a gran parte de la población local, así como de Zaruma y sitios aledaños. Se vivían tiempos de fortalecimiento. Los ingresos generados por la CIMA se reflejaban en el nivel de vida de sus habitantes. Las fiestas, que cada año se realizaban y que aún se realizan los primeros días de julio, tenían un sabor muy especial para la gente, tanto en lo social, cultural como en lo deportivo. Actos como la elección de la señorita Portovelo, los bailes populares y los partidos de fútbol que realizaba el ídolo de la provincia, el equipo del Río Amarillo, era de lo mejor. Para la elección de la reina se presentaban a competir chicas muy guapas y simpáticas que hacían suspirar a más de uno. Los bailes populares se organizaban en cada uno de los barrios. Importantes orquestas de la provincia y del país deleitaban a los portovelenses y a los visitantes que llegaban a la fiesta. Entusiasmados y al son de la música le sacábamos brillo al piso; lejos estaba de nuestra mente el ocasionar disturbios, problemas o riñas que interrumpieran el humor de la gente. Qué fiestas aquellas! Otra de las cosas muy importantes que se presentaba en esa época era el comercio, había dinero para disfrutar de ciertas comodidades, no digamos lujos sino que se vivía holgadamente. No es la intención decir que ahora se viva mal, al contrario, habrá muchas familias que en la actualidad vivan mejor.
Los aparatos mecánicos y el circo no podían faltar, estos le daban un colorido muy especial. La Rueda Moscovita y especialmente los animales del circo eran lo que más llamaba la atención de chicos y grandes. Estas empresas de espectáculos acudían allí porque sabían que obtendrían jugosas ganancias; en verdad era así, pues no paraban de trabajar ni un día de fiesta.
El plato fuerte de las festividades era el deporte, habían grandes competencias en volleyball, básquetbol y fútbol. En volley participaban equipos como: El Cisne que contaba en sus filas con un muchacho de apellido Soto, seguro que muchos lo recordarán. Zaruma, que ha contado siempre con buenos jugadores, entre ellos Leonardo Astudillo, uno de los grandes atletas que ha tenido nuestra provincia y el país. Puerto Bolívar también era invitado y conformaba su equipo un muchacho afroecuatoriano que era el deleite de la gente por sus clavadas a filo de red que realizaba. El equipo de Portovelo y dueño de la fiesta era el encargado de poner la salsa y la emoción con uno de sus grandes deportistas "Capin", de quien ahora se me escapa el nombre. Verdaderamente un acróbata en el campo de juego, verlo jugar era un espectáculo; además que Portovelo se caracterizó siempre por tener una alta competitividad en este deporte.
En básquetbol tanto el equipo femenino como el masculino sostenían muy reñidas confrontaciones con sus similares de Zaruma, Loja y algunos otros del ámbito nacional; el equipo de varones contaba en sus filas con los doctores, Gonzalo Díaz, Héctor Cango; conocidos nuestros, también jugó un chico Aguilar apodado "tijeritas" de los que recuerdo, y en el equipo de mujeres tuvo una gran aceptación Inés Sotomayor, pues poseía una habilidad extraordinaria para desmarcarse y encestar en el tablero rival; y así podría enumerar algunos buenos deportistas que han hecho historia en diversas disciplinas.
El fútbol ha sido la disciplina que más satisfacciones le ha brindado a la afición de toda la parte alta de nuestra provincia. De la época de los sesenta no recuerdo mucho a no ser los últimos años, dígase del 68, 69 y 70 en los que tuve la oportunidad de observar a César Ramírez, un arquero de muy buen nivel, a Nery Siguenza, otro de los grandes defensas que ha tenido Portovelo.
Por filas del Río Amarillo, que por esa época se constituyó en el ídolo de la provincia, desfilaron grandes futbolistas, no solo de nuestro medio, sino de fuera del país, como Julio César
Berrueta, un uruguayo que militó profesionalmente en el Deportivo Quito y Barcelona y que estuvo como entrenador y jugador en el Río Amarillo. Pero esto sería tema aparte, pues del Río Amarillo se podrían escribir páginas y páginas de sus triunfos y sus glorias, que enaltecieron los colores de la bandera portovelense, y que llenaron de orgullo a sus habitantes.
Ojalá hayan hecho correr la cinta del recuerdo y traído al presente muchos pasajes que no han podido ser plasmados aquí y que quienes tuvieron la oportunidad de vivir esos momentos los recordaran mejor. Rodrigo Darquea (Carolina del Norte, EE.UU.)
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